No empezamos con código. Empezamos con Excel.
Antes de construir herramientas para otros, las construimos para nuestro propio día a día. Esta es la historia de cómo llegamos hasta aquí.
Siempre vimos ineficiencias. En cada sitio en el que hemos trabajado, veíamos a compañeros usando el ordenador como si fuera un papel y un boli: escribían, apuntaban, copiaban, pero no aprovechaban lo que la tecnología podía hacer por ellos.
En una agencia de viajes, el sistema interno era básico: servía para facturar, pero no para gestionar procesos. Había que acordarse de cosas, apuntar en hojas sueltas, estar pendiente de lo que faltaba.
Empezamos a construir microautomatizaciones con Excel. No era código, pero era lógica: cambiar el valor de unas celdas y que se generara un párrafo completo con palabras variables, copiar y pegar, enviar. Unir dos hojas y que devolviera solo donde los datos no casaban. No era bonito, pero funcionaba.
Con la IA, el salto fue natural. No se trataba de pedirle que resolviera algo y esperar; se trataba de definir con precisión qué había que hacer, cómo debía hacerse, qué resultado esperar y qué casos borde podían aparecer. Ella devolvía el código. Nosotros validábamos, diseñábamos, dábamos forma a la interfaz. La IA no pensaba por nosotros: era una extensión de nuestro criterio.
El primer paso fue una extensión para el navegador. Luego, herramientas de escritorio. Después, portales completos, con la misma lógica: procesos dispersos convertidos en herramientas a medida.
Provecto no nació de una idea de negocio. Nació de una necesidad real, y de la certeza de que lo que funcionó una vez podía funcionar para otros.